divendres, 4 de juny del 2021

Francia, 2- Italia, 1 (Euro 2000-Final)

8. Sylvain Wiltord (1-1)

En el cine hay premios para los mejores actores secundarios. Sus intervenciones en las películas son esenciales para explicar la historia, a pesar de que su nombre no aparezca nunca en las primeras páginas de los medios de comunicación. En el fútbol también ha habido, en los grandes equipos, un gran elenco de secundarios sin los que las victorias no habrían sido posibles. En la selección francesa campeona de Europa de 2000 y subcampeona del mundo de 2006, los focos iban hacia Henry o Trezeguet, pero sobre todo en el primer caso tuvo una importancia vital el atacante que salía desde el banquillo. Era Sylvain Wiltord.


Era un jugador de difícil catalogación. No se trataba de un extremo nato, ya que le faltaba velocidad, ni tampoco un ariete, por falta de cuerpo, ni un media punta, por déficit de toque. Era un delantero con una gran capacidad asociativa, buena ética de trabajo y frecuente relación con el gol. Sus padres procedían de las Antillas y él era el octavo y último de ocho hermanos que crecieron en una localidad cercana a París. Pronto demostró talento para el fútbol y jugaba en categorías superiores a las de su edad.

A los diecisiete años, mientras estaba en el Joinville, club amateur, el presidente del club, persona con contactos con el Rennes, les ofreció que evaluaran al jugador. Como explica el jefe del centro de rendimiento del club bretón, Patrick Rampillon, en ese momento estaban buscando atacantes y les gustó lo que vieron, aunque le tuvieron que pulir una disciplina un poco dispersa al inicio. Después de comenzar el segundo equipo del Rennes, debutó con los mayores con 19 años y ayudó con nueve goles al ascenso del equipo.

Wiltord actuó cuatro años en el equipo rojinegro durante los cuales fue internacional sub-21 y llegó a ser tercero en un europeo. En ese período fue fichado por el Deportivo de la Coruña, aunque no llegó a debutar con el equipo gallego, que lo cedió a su club de origen y ya no lo recuperó. Ese mismo año participó en los Juegos de Atlanta y en 1997 fichó por el Burdeos. Era el año premundialista. Ya tenía 24 pero Aimé Jacquet aún no le había llevado a la absoluta. Prefirió al delantero del Auxerre Guivarc'h para ir a la Copa del Mundo ganada por su país. El ejercicio 1998-99 fue el mejor. Fue campeón de liga con el Girondins y comenzó a ser convocado por el equipo nacional, que ahora dirigía Roger Lemerre. Marcó dos goles en la complicada fase de clasificación para la Eurocopa y debutó en la Champions, donde marcó cuatro goles. Al final del curso siguiente, entró en la lista para su primer gran torneo.

Wiltord fue suplente en todos los partidos de ese campeonato menos en el tercero de la fase de grupos, con Francia ya clasificada para los cuartos. Incluso no disputó ningún minuto en esta ronda, contra España. Había marcado un gol en el debut, ante Dinamarca, a pesar de estar solo ocho minutos en el campo. En las semifinales, con Portugal, entró a los 72 minutos y fue decisivo al protagonizar el disparo que interceptó Abel Xavier con una mano a tres minutos para el final de la prórroga y que permitió a Zidane clasificar al equipo para la final . En ésta volvería a asumir el papel de revulsivo.


El gol

En el partido decisivo de Rotterdam, muy cerrado, Italia se adelantó en la segunda parte con un gol de Marco Delvecchio y perdonó la sentencia, sobre todo en una ocasión clarísima de Alessandro del Piero. Wiltord entró al campo en el minuto 58, en el lugar de un inefectivo Dugarry. Ya en el tiempo de descuento, los italianos estaban abrazados a punto de celebrar el título, cuando una acción lo cambió todo.


En lugar de conservar el esférico, los italianos provocaron un fuera de juego en su ataque en un pase al espacio de Pessotto a Totti, aunque el que entraba era Montella y seguramente el colegiado, el sueco Frisk , no lo tenía que haber indicado. Barthez envió a la desesperada el balón arriba. Trezeguet ganó el salto a los defensas y Cannavaro no estuvo nada acertado en el corte. El esférico cayó a Wiltord, establecido en el lado izquierdo, que con poco ángulo disparó. El balón pasó por entre las piernas de Iuliano, dobló la mano izquierda de Toldo y entró en la portería. No se llegó ni a servir del centro del campo. Fue un gol milagroso para Francia que, pocos minutos después, ganaría la final con un gol de oro de David Trezeguet.

Ese mismo verano, Wiltord fichó por el Arsenal, club en el que actuó cuatro campañas y ganó dos ligas, entre ellas la de 2004, en la que el equipo finalizó invicto el torneo. Como en la selección, tampoco era titular, pero jugaba mucho, principalmente en los tres primeros años, aunque en el último ya no lo hizo tanto. En este periodo también ganó dos Copas y una Supercopa inglesa.

Con la selección ya era un fijo. Ganó allí dos Copas Confederaciones seguidas, en 2001 y 2003, a pesar de que fracasó con todo el equipo en 2002, en el mundial de Corea y Japón, en el intento de revalidar el título, justo cuando se había hecho con la titularidad. En 2004, Francia, de la mano de Jacques Santini, también fue eliminada prematuramente en la Eurocopa de Portugal por Grecia, en los cuartos de final. Tras el torneo, dejó el Arsenal y fichó por el gran Olympique de Lyon de las siete ligas seguidas. Él consiguió tres, entre 2005 y 2007.

En 2006, fue convocado para su segundo mundial, el de Alemania. Fue titular los dos primeros días, con Raymond Domenech de entrenador, pero después de un empate contra Corea del Sur en el segundo partido fue relegado a la suplencia, de la que ya no salió. Se proclamó subcampeón del mundo. En la final, contra Italia, el rival al que había quitado el título seis años antes, jugó los trece últimos minutos de la prórroga. Tres después, Zidane sería expulsado por el cabezazo a Materazzi. Él efectuó el primer disparo de la tanda y lo marcó. El error de Trezeguet, precisamente el autor del gol de la victoria en Rotterdam, en 2000, condenó a los galos. Wiltord jugaría sólo tres partidos más con la selección. En total 92, con 26 goles.

En 2007, con 33 años, volvió al Rennes, pero no se retiró. Actuó allí dos campañas y después aún tuvo tiempo de jugar en el Marsella, el Metz y el Nantes antes de retirarse, con 38 años en Segunda División y con ocho goles en su campaña final. Luego fue comentarista de televisión, se entretiene jugando a footgolf y 2015 se convirtió en embajador de Rennes, el club en el que dio el gran salto. Wiltord no debe estar entre los diez jugadores más citados de la gran generación francesa del cambio de siglo, pero fue decisivo en muchas ocasiones, sobre todo en aquella noche de julio en la que impidió que Francia perdiera su segunda Eurocopa.

dijous, 3 de juny del 2021

URSS, 2- Yugoslavia, 1 (Euro 60-Final)

9.Viktor Ponedelnik (2-1)

Ya no queda vivo ningún integrante de la selección soviética que ganó la primera Eurocopa, la de 1960. El pasado mes de diciembre nos dejó el último que, curiosamente, fue el que dio el título a su país con un remate seis minutos antes del final de la prórroga. El delantero centro de aquel equipo había debutado un mes antes y fue el segundo jugador de la historia de hacerlo sin haber disputado ningún partido en la máxima categoría. Era el decisivo atacante Viktor Ponedelnik.


Su apellido es muy poco habitual. En ruso, Ponedelnik significa "lunes". Según una bisabuela del jugador, cuando sus antepasados ​​salieron de Moscú después de la abolición de la servidumbre en el país, en la revolución campesina de 1961, se trasladaron al sur, a Rostov. Al ser inscritos, un funcionario que iba bebido les apuntó el día en que hizo el trámite en la columna de los apellidos, y ese día era lunes, ponedelnik.

De pequeño, Viktor jugó en la academia militar del Don y en un equipo que primero se llamaba Torpedo y luego se pasó a llamar Rostselmash. En 1959 lo fichó el Rostov, de la segunda categoría, y gracias a sus méritos, tal como se estilaba en ese momento, recibió una invitación para jugar en el equipo nacional. El debut no pudo ser mejor, con tres goles en un 7-1 ante Polonia. Faltaban seis semanas para la primera edición de la Eurocopa y el seleccionador, Gavriil Kachalin, lo incluyó en la lista.

Y no sólo eso, sino que fue titular en el debut, una fácil victoria ante Checoslovaquia en que Ivanov anotó dos goles y él metió el tercero.


Fue después de una acción de Bubukin que terminó en una cesión hacia la derecha que el atacante del Rostov, que entonces tenía sólo 23 años, alojó en la red. Dos partidos y cuatro goles. Evidentemente, sería el 9 titular en la final de cuatro días después en el Parque de los Príncipes, contra Yugoslavia.


El gol

El partido comenzó a las ocho y media de la noche de un domingo, una hora más tarde en Moscú, y no fue fácil para el equipo soviético. A punto de terminar la primera parte, Milan Galic avanzó a los yugoslavos, que venían de superar a Francia por 4-5 en una semifinal espectacular. Pero justo al inicio de la segunda parte, Slava Metreveli empató el duelo, que llegó al final de los noventa minutos sin más cambios. El partido entró en el tiempo suplementario y, con los dos combinados cansados, y cuando todo el mundo ya creía que habría un enfrentamiento de desempate, llegó la acción decisiva.


Fue en una larga jugada de ataque que terminó con un centro de Bubukin al que no llegó Voinov. El esférico cayó a la izquierda, donde Ivanov envió un gran centro al corazón del área. Allí, Ponedelnik se elevó en medio de los centrales yugoslavos y soltó un cabezazo inapelable al que no pudo responder Vidinic. Era el minuto 114. En Moscú, ya pasaban de las doce de la noche y ya era lunes, es decir, ya era "ponedelnik".

El atacante jugaría con la selección soviética hasta 1966 y dejó este periplo con 29 partidos jugados y 20 goles, una gran marca. Colaboró ​​en la clasificación para el mundial de Chile, en el que participó y anotó dos goles, uno en otra victoria ante Yugoslavia y el otro contra Colombia, en la primera fase. En esta ocasión, sin embargo, los anfitriones se cruzaron en el camino soviético. La selección llegaría más lejos en la Eurocopa de 1964, a la final contra España que él jugó. Había marcado un gol en las semifinales ante Dinamarca, pero cayó en el partido decisivo. Sólo jugaría dos encuentros más con la URSS antes de retirarse de la misma, con 29 años.

A nivel de clubes, en 1961 lo fichó el CSKA, pero no llegó a debutar y decidió volver al Rostov, donde volvió a rendir. En el tramo final de su carrera, volvió a irse a Moscú, pero quedaba claro que aquél no era su lugar, ya que en el Spartak tampoco llegó a debutar. Eso sí, fue objeto de un homenaje por parte de la URSS, la selección a la que había hecho campeona seis años antes, en su retirada en un partido contra la República Democrática Alemana en el estadio Lenin.

Después de su etapa de jugador, Ponedelnik entrenó al Rostselmash y luego se pasó al lado oscuro. Siguió los pasos de su padre, que había sido periodista, y se convirtió en un reputado columnista deportivo, no sólo de fútbol, ​​sino también de hockey hielo, deporte que también dominaba mucho. En noviembre de 2019, se convirtió en el último superviviente del equipo campeón del 1960, con la muerte de su compañero Krutikov. Él sólo sobrevivió poco más de un año, ya que el 5 de diciembre de 2020 murió tras una larga enfermedad. Aquel día no era lunes, sino sábado. El primer día de la semana lo guardaba para los grandes momentos, como aquel cabezazo en el Parque de los Príncipes, en 1960.

dimecres, 2 de juny del 2021

Portugal, 0- Grecia, 1 (Euro 2004-Final)

10. Angelos Charisteas (0-1)

La Eurocopa ha sido, en el transcurso de su historia, un torneo de grandes sorpresas. Si lo comparamos con el mundial, veremos que mientras en la Copa del Mundo ha habido sólo ocho campeones para 21 ediciones, el campeonato europeo ha tenido diez vencedores en quince torneos y sólo Alemania, España y Francia han repetido. Por lo tanto, es un certamen sin favoritos claros. En medio de este panorama, si tuviéramos que decidir cuál ha sido el resultado más sorprendente, tendríamos pocas dudas: el campeonato de Grecia en 2004, decidido por un gol del delantero Angelos Charisteas.



Y es que hay muchos motivos para considerar el título de Grecia como el más inesperado. Hasta 2004, el país heleno sólo había participado en una fase final del campeonato, y fue casi testimonial. En 1980, el equipo se clasificó para la fase final de ocho equipos en Italia, pero sólo sumó un punto, con una igualada estéril contra la posterior campeona, Alemania Federal, y marcó un gol, el de Nikos Anastopoulos ante Checoslovaquia.

Además, su presencia en grandes torneos internacionales era muy limitada. De hecho, sólo había participado en una edición de la Copa del Mundo, diez años antes, en Estados Unidos, con un resultado muy decepcionante, con tres derrotas, ningún gol a favor y diez en contra. Por lo tanto, se puede considerar que el fútbol griego, tanto a nivel de selecciones como de clubes, no estaba en ninguno de los vagones líderes del Viejo Continente.

En los cuatro años anteriores al torneo, tampoco se puede decir que su explosión se viera venir. Para la Eurocopa del 2000, Grecia fue tercera en un grupo liderado por Noruega y con Eslovenia en segunda posición, dos combinados que vivían buenas épocas, pero muy lejos de ser inaccesibles. De cara a 2002, el resultado fue aún peor. Es cierto que había quedado encuadrada en un grupo muy difícil, con Inglaterra y Alemania, pero también que un conjunto nada potente del panorama europeo, Finlandia, le había sacado cinco puntos de diferencia. De todos modos, había algunos brotes verdes, ya con el alemán Otto Rehhagel como entrenador, como un empate a dos goles en Wembley.

La fase de clasificación para la Eurocopa de Portugal arrancó con dos derrotas consecutivas, en casa contra España y en Ucrania, las dos por 2-0, pero a partir de ahí el equipo encontró una identidad. No era la más atractiva del mundo, pero sí resultó efectiva. Rehhagel blindó la defensa y Grecia no recibiría ningún otro gol en los seis partidos que faltaban. Fue primera, por delante de los españoles, y afrontó su segunda Eurocopa como cenicienta del torneo junto con Letonia.

La primera gran sorpresa llegó con el triunfo sobre el anfitrión, Portugal, con goles de Karagounis y Basinas, que le daba opciones de pasar de ronda. Después, se reencontró con España, a la que había derrotado en Zaragoza en la fase previa y a la que arrancó un empate salvador con el primer gol de Charisteas en el torneo, y se salvó de la eliminación por diferencia de anotaciones a pesar de perder por 2-1 ante Rusia con un gol, al que en ese momento no se le dio la importancia que después tuvo, de Vryzas. Con cuatro goles estaba en la segunda fase y sólo necesitó tres más para ser campeona.

Ya fue bastante sorprendente dejar fuera a la vigente campeona, Francia, con el segundo gol de Charisteas. Este resultado se pudo atribuir a la decadencia gala, que ya había quedado clara en el último mundial, en el que los franceses habían quedado eliminados en la primera ronda. El siguiente adversario fue uno de los favoritos, el equipo que ofreció mejor fútbol ofensivo, una República Checa que cayó con un gol de plata del central Traianos Dellas. Los portugueses, rivales en la final, estaban contentos porque pensaban que su equipo era superior y que se podrían vengar del debut. El Estadio da Luz dictaría sentencia.


El gol

La final siguió el guión que Rehhagel quería. Las ofensivas lusas estrellaban contra un muro ante el que ya habían chocado muchos rivales. El partido entró en la segunda parte y parecía que sería cuestión de tiempo que caería, pero los griegos estaban muy animados. La experiencia de los partidos anteriores les enseñaba que alguna ocasión tendrían, y ésta se hizo realidad a los doce minutos de la reanudación.


Como se ve en las imágenes, los griegos buscaban una acción a balón parado y la encontraron en un córner. Basinas lo lanzó a la corta, el portero Ricardo se perdió entre la maraña de atacantes y defensas y Charisteas se convirtió en eterno. El delantero entonces del Werder Bremen, un futbolista que cambió hasta trece veces de conjunto en su trayectoria, un desconocido para el gran público, se adelantó a Ricardo Carvalho, el central del Oporto campeón de todo semanas antes, e introdujo el balón en la portería.

Aunque Portugal lo intentó con toda su artillería, el daño ya estaba hecho. La dinámica era griega y entre Nikopolidis y el resto del equipo sellaron por completo la portería. Es cierto que pocos esperaban los triunfos de Checoslovaquia o de Dinamarca ante las Alemanias campeonas del mundo en 1976 y 1992, o la victoria de Portugal sobre la todopoderosa Francia en 2016, pero fue el triunfo de Grecia el más increíble de todos. Como legado, dejó participaciones en los siguientes años en dos Eurocopas (2008 y 2012) y dos mundiales (2010 y 2014). Ahora, los helenos pasan por horas bajas, pero tienen que pensar que todo es posible si trabajan bien en el futuro, como los demostró el gol de Charisteas aquella noche del 4 de julio de 2004 en Lisboa.

dimarts, 1 de juny del 2021

Alemania, 0- España, 1 (Euro 2008-Final)

11. Fernando Torres (0-1)

Salvo por la victoria en la Eurocopa de 1964, la selección española había llegado al siglo XXI bien entrado huérfana de grandes torneos absolutos en sus vitrinas. Todo cambió en cuestión de cuatro años, en los que la formación hispana sumó dos Eurocopas y una Copa del Mundo y pasó a dominar el fútbol de combinados estatales en todo el mundo. El primero de estos torneos cayó en 2008 gracias a un gol, en la final, del talentoso y precoz Fernando Torres.


Torres debutó con sólo 17 años con el Atlético de Madrid en un período muy complicado para la formación colchonera, cuando ésta se encontraba en Segunda División. Se convirtió en la gran esperanza de futuro de la entidad, a pesar de que tuvo que estar una temporada más en la segunda categoría y no debutó en Primera hasta 2002. Ya entonces, había sido decisivo en las selecciones españolas sub-16 y sub-19, a las que había dado el título europeo en años consecutivos. Se trataba de un atacante moderno, con un físico privilegiado y con suficiente técnica como para combinar con los compañeros y resolver dentro del área.

El impacto de Torres en la Primera División fue inmediato. En los cinco años en que actuó con el Atlético en su primera etapa no bajó nunca los trece goles y, dada su trayectoria, era de cajón que tenía que iniciar una larga trayectoria en el equipo nacional. Debutó en 2003 y aun llegó para disputar un par de partidos de la fase de clasificación para la Eurocopa de Portugal, del verano siguiente, que sería su primer gran torneo con 20 años. Torres fue suplente en los dos primeros partidos y titular en el último, en el que un gol de Nuno Gomes dejó al combinado de Iñaki Sáez fuera del campeonato en la primera fase.

Torres se consolidó en el equipo español con una leyenda del Atlético de Madrid en el banquillo, Luis Aragonés. Anotó seis goles en nueve partidos en la fase de clasificación para el mundial del 2006 y, en la fase final, marcó tres veces en las victorias contra Ucrania y Túnez, en este último duelo en dos ocasiones, lo que permitió a España llegar a octavos de final. En esta fase, sin embargo, la semilla del gran equipo del futuro fue eliminada por la Francia de Zidane.

Un año después, con 23, Torres dio un gran paso y dejó la liga española para fichar por el Liverpool. En Anfield, aunque no ganó ningún título en tres años y medio, se convirtió pronto en una estrella, anotó 24 goles en la primera temporada y no tuvo ningún problema para entrar en la lista de Luis Aragonés para el Eurocopa de Suiza y Austria de 2008. Allí, su entendimiento con el otro delantero del equipo, David Villa, era total. Él marcó un gol en la victoria contra Suecia por 1-2 en la primera fase y se quedó como delantero fijo cuando el asturiano se lesionó en las semifinales contra Rusia. El conjunto español, con muchos centrocampistas para surtir de balones al atacante, tenía que jugar contra Alemania la final del torneo.


El gol

Las dos selecciones tenían cuentas pendientes en las Eurocopas desde los años ochenta. Un gol de Maceda había eliminado los teutones de la de 1984 en la primera fase y dos de Rudi Völler habían hecho lo mismo con los españoles cuatro años después. El equipo de Joachim Löw buscaba el cuarto título para la Mannschaft, liderada por Michael Ballack en el campo, ante una formación que sufría una urgencia histórica al no haber ganado nada en 44 años. Pero algo había cambiado y la acción decisiva llegó pasada la media hora de juego.


Y tuvo a Xavi como protagonista. El centrocampista del FC Barcelona, ​​elegido el mejor futbolista del campeonato, demostró lo importante que era participando en el inicio de la acción y luego adelantándose entre líneas para recibir el pase del medio centro Senna. Rápidamente se giró y envió un balón al espacio, entre el lateral Lahm y la salida del portero Lehmann. Parecía que uno de los dos llegaría, pero los pasos largos de Torres le ayudaron a superar por físico al defensor, llegar al esférico y a tocarlo por encima de la salida del portero del Arsenal para anotar el único gol de un partido en el que España no maravilló, pero que dominó con solvencia.

El gol de Torres hizo cambiar la mentalidad de su generación. El segundo título europeo de España la situó al frente de la lista de favoritos del siguiente mundial, el de 2010, que conquistó, y también en la Eurocopa de cuatro años más tarde, en la que el madrileño, especialista en anotar en finales de selecciones, se convirtió en el primer jugador en meter gol en dos finales del campeonato europeo. "El Niño" se había hecho mayor y su equipo nacional, también.

dilluns, 31 de maig del 2021

Italia, 1- Yugoslavia, 1 (Euro 68-Final, 1º partido)

12. Angelo Domenghini (1-1)

Ha habido jugadores en la historia que han tenido la facultad de estar situados casi siempre en el mejor lugar, en el mejor momento. Al ser un deporte colectivo, el fútbol no sólo depende de las aptitudes personales, sino también de estar rodeado de equipos ganadores. Estos futbolistas han podido nutrir de trofeos sus vitrinas y han sido valiosos para sus formaciones y equipos nacionales en épocas importantes de sus trayectorias. Esto ocurrió con los equipos y con la selección italiana que tuvieron la fortuna de contar con el delantero Angelo Domenghini.


Nacido en Lallio, al lado mismo de Bérgamo, en Lombardía, Domenghini se formó en uno de los planteles, aún hoy en día, más prolíficos del fútbol transalpino, el de la Atalanta. Él mismo explicaba que su infancia no fue fácil. Eran nueve hermanos, seis chicas y tres chicos, que se hacinaban en dos habitaciones. Se trataba de ponerse a trabajar cuanto antes para traer dinero a casa. Él, además, era muy travieso de pequeño, no paraba quieto, pero también tenía habilidad para jugar al fútbol. Le convencieron para disputar un torneo de bar y de allí a la Atalanta hubo un paso.

Debutó a los 19 años en la máxima categoría con la Dea, a la que llevó al título de Copa tres años después, en una final ganada al Torino con tres goles suyos en San Siro. Curiosamente, la victoria no pudo ser celebrada en la ciudad porque al día siguiente murió el papa Juan XXIII, originario de Bérgamo. Se mantuvo en la formación un año más y en 1964 fue fichado por el Inter, vigente campeón europeo. En su primera temporada, fue campeón de liga, de la Intercontinental y de la Copa de Europa, aunque él no disputó ni las semifinales, ni la final del torneo, en una época en que aún no se habían introducido las sustituciones.

Había debutado con la selección efímeramente cuando aún estaba en la Atalanta, en un choque de calificación para la Eurocopa de 1964 contra la URSS, pero se consolidó tras el fracaso transalpino en el mundial de 1966, en Inglaterra, del que él quedó descartado. El nuevo seleccionador, Ferruccio Valcareggi, confió en él en la fase de clasificación para el torneo europeo de 1968 y le respondió con cuatro goles en siete partidos, entre ellos uno en los cuartos de final contra Bulgaria. El país sería el anfitrión de la final a cuatro y él, uno de los protagonistas.

En el duelo de semifinales, en Nápoles, Italia resistió como pudo con diez hombres en el campo, por la lesión de Rivera, sin que entonces hubiera sustituciones, y se vio favorecida por el sorteo posterior al partido, porque no había penaltis . La final era ante Yugoslavia en Roma, y ​​fue muy complicada.


El gol

Domenghini arrancó de inicio, junto a Anastasi y Prati en la delantera, pero la iniciativa fue balcánica. La joven estrella Dzajic adelantó a su equipo antes del descanso y el conjunto de Rajko Mitic dispuso de muchas oportunidades para sentenciar, entre ellas un remate que pasó cerca del palo y al que el mismo Dzajic no llegó por poco. La desesperación crecía en los anfitriones, pero llegó una falta en la frontal del área.


El central Paunovic saltó de manera torpe encima de Lodetti y le hizo caer. El árbitro suizo Dienst no tuvo ninguna duda en indicar la infracción. Domenghini asumió la responsabilidad de chutar. Los yugoslavos siempre han protestado la jugada, al entender que el colegiado estaba situando la barrera, pero en las imágenes se ve el muro bien puesto. El problema fue que uno de sus componentes, el centrocampista Holcer, abrió las piernas y dejó vendido al portero Pantelic. El gol del delantero del Inter salvaba a Italia del desastre.

La prórroga siguiente no vió ningún gol y la final se tuvo que repetir dos días después en el mismo escenario. Yugoslavia había perdido su gran oportunidad e Italia se impuso con dos goles en la primera mitad de Luigi Riva y de Pietro Anastasi. Éstas fueron las anotaciones que dieron el título, pero sin el acierto de Domenghini, nada habría sido posible.

Actuó un año más en el conjunto milanés y, en 1969, dio un paso arriesgado y fichó por un emergente Cagliari para completar una gran delantera con Riva. Le volvió a salir bien la apuesta y se convirtió en uno de los futbolistas del equipo sardo que entraron en la leyenda como campeones de liga. Después, fue al mundial, a pesar de haberse perdido algunos partidos de la fase de clasificación, y fue un fijo en el equipo que llegó a la final, perdida ante Brasil por 4-1. Él anotó un gol, el de la victoria ante Suecia del debut. Aun tenía 29 años, pero sólo disputó cuatro partidos más, de clasificación para la siguiente Eurocopa, con el equipo nacional.

Domenghini siguió en el Cagliari hasta 1973, antes de fichar por la Roma y retirarse de la serie A en el modesto Foggia, a los 35 años. Antes ya había descendido una temporada en la Serie B, en Verona, y terminó en tercera categoría, con el Olbia y el Trento. En 1979, con 37 años, colgó definitivamente las botas. Ya hacía muchos que no era tan decisivo como en la primera parte de su carrera, pero para el recuerdo había dejado títulos y goles, como el que evitó que Italia perdiera la Eurocopa en casa.

diumenge, 30 de maig del 2021

Francia, 2- España, 0 (Euro 84-Final)

13. Michel Platini (1-0)

Es totalmente casual que este gol sea el número 13 de la lista, es decir, el de la mala suerte, pero realmente es uno de los más desgraciados de todo el ránking. Marcó la carrera del gran portero Luis Arconada, que formó parte de la mejor Real Sociedad de la historia y que se mantuvo durante más de cuatro años como indiscutible en la portería del equipo español. El gol, sin embargo, fue trascendental para que un gran jugador no se retirara de la selección sin un título que merecía y que se ganó con una actuación inmejorable en la Eurocopa de 1984. Es la última aparición de Michel Platini.


Hacía cuatro días que Platini había decidido una semifinal épica contra Portugal con un gol en el último minuto de la prórroga que había evitado una agónica tanda de penaltis. La final contra España era la gran oportunidad de rubricar una carrera espléndida en la que, curiosamente, todavía faltaban sus mejores momentos. Estaba triunfando en Italia, en la Juventus, conjunto con el que ese mismo año había ganado la liga, en la que había sido máximo goleador con 20 goles, y la Recopa, pero le faltaba llevarse un título con la selección y también una Copa de Europa, que caería durante la primavera siguiente.

El rival en la final era una selección española que había ido pasando pantallas de manera milagrosa. Para empezar, se había clasificado para el torneo ganando por 12-1 a Malta en el último duelo de la ronda previa y dejando en la cuneta a los Países Bajos. Después, en el campeonato, arrancó con dos tristes empates y salvó los muebles con un gol de Maceda en el último minuto para destronar a los campeones, los alemanes. Y finalmente, había remontado en los semifinales contra una Dinamarca que parecía superior y a quien había vencido en la tanda de penaltis. El equipo de Miguel Muñoz era un superviviente nato, y eso lo hacía más peligroso, a pesar de que no contaba con los dos centrales, Maceda y Goikoetxea, para el duelo decisivo del Parque de los Príncipes.


El gol

Y Francia encontró problemas en la primera parte. Dominaba territorialmente, pero no podía someter a un conjunto español bien posicionado que pensaba que el paso del tiempo la favorecía y que los anfitriones se podían poner nerviosos. Todo parecía controlado cuando una acción, a los once minutos de la reanudación, lo cambió todo.


El colegiado eslovaco Vojtech Christov, muy protestado por los españoles, decretó una falta de Salva, sustituto de Maceda, a Lacombe en la frontal del área. La ocasión para los franceses era clara, y más con Michel Platini en el lanzamiento. La estrella gala había anotado desde la misma posición contra Yugoslavia en la primera fase y su compañero Domergue también había anotado de falta directa en la semifinal ante Portugal. Arconada, el portero español, había sido el mejor de su equipo durante el torneo, con grandes intervenciones, y nada hacía pensar que tendría problemas para detener el disparo flojo y por su palo del jugador de la Juventus. Pero cuando ya parecía que tenía la pelota atrapada, se le coló por debajo del cuerpo y, con una mano, se lo introdujo en la portería. Su esfuerzo final para evitar que el esférico atravesara la línea de gol ya fue inútil.

Con el gol a favor, Francia se dedicó a defender sin complejos y a salir a la contra. No se puede decir que sufriera demasiado para conservar el resultado y, además, en el tiempo de descuento, encontró un contraataque que finalizó Bruno Bellone con el segundo gol. Los franceses conseguían su primer gran título y Platini se coronaba como rey del continente. A finales de año, sumaría el segundo de los tres Balones de Oro que ganó en su carrera.

Ésta duró los terrenos de juego hasta los 32 años y después siguió en otras esferas. Primero, como entrenador. Fracasó en el intento de clasificar a Francia para el mundial de Italia 90, pero siguieron confiando en él. Entró con mucho lucimiento, como mejor combinado de todos los grupos, en la fase final de la Eurocopa de Suecia, en 1992, pero el equipo fue eliminado en la primera fase después de dos empates y una derrota contra Dinamarca. Después se dedicó a los despachos y fue uno de los presidentes del comité organizador del mundial de Francia, en 1998. Su trabajo fue bueno, su prestigio enorme, y fue escalando en el escalafón de las grandes organizaciones.

Así, en 2007 derrotó al sueco Lennart Johansson y se convirtió en presidente de la UEFA durante nueve años. Pero en 2016 le salpicó todo el escándalo de corrupción que supuso la salida de la FIFA de su máximo dirigente, Joseph Blatter. Platini fue encontrado culpable por corrupción, por haber recibido dos millones de euros de Blatter en concepto de trabajos de asesoría sin que los pagos estuvieran justificados. Fue condenado a ocho años sin ejercer ningún cargo del mundo del deporte. También ha desvelado asuntos como que Francia y Brasil fueron sorteados de manera que no se pudieran encontrar hasta la final en el mundial de 1998 y ha sido implicado en casos como la compra de votos para que Qatar fuera sede del mundial de 2022. Temas feos tras una carrera futbolística brillante, que llegó al máximo nivel en aquella Eurocopa de 1984.

dissabte, 29 de maig del 2021

Dinamarca, 2- Alemania, 0 (Euro 92-Final)

14. Kim Vilfort (2-0)

Vivir el mejor momento de tu vida y el peor en sólo diez días. Hay que ser muy fuerte para resistir este tobogán emocional. En 1992, la selección danesa, que no estaba clasificada para la Eurocopa, ganó con un grupo mayoritariamente de obreros que, en ese momento, tenía que estar de vacaciones. Uno de sus futbolistas vivió un torneo inolvidable en los dos sentidos, que no terminó cuando levantó la copa de campeones, justo después de un gol suyo, sino diez días más tarde con una gran tragedia. Era el centrocampista Kim Vilfort.


Cuando llegó el torneo de Suecia tenía 29 años y una larga trayectoria básicamente en su país, sobre todo en el Bröndby. Nacido en Valby, un suburbio de Copenhague, Vilfort llegó a jugar 470 partidos con el club amarillo y azul y se convirtió en el máximo goleador de su historia. Después de unos inicios como delantero, se consolidó en la máxima división de su país en las filas del Frem y allí probó la internacionalidad en un amistoso contra Honduras. Pero no tuvo continuidad en un equipo nacional que había sido semifinalista en la Eurocopa del año anterior, la de Francia, y que mostraría un juego sensacional en el mundial del año siguiente, en 1986, en México.

Vilfort intentó una aventura en el extranjero. Fue en Francia, en Lille, donde anotó un solo gol en 24 partidos en un equipo que finalizó en media tabla clasificatoria. No fue un fracaso rotundo, pero pensó que lo mejor era volver a casa y fichó por el club más popular del país, el Bröndby, el mismo 1986. Durante los siguientes doce años ganaría siete Ligas y tres Copas, actuaría en unas cuantas Copas de Europa, llegaría a unos cuartos de final de la UEFA, eliminado por el Tenerife, y se consolidaría en la selección.

Así, disputó dos ratos de la Eurocopa del 1988, en el que una Dinamarca crepuscular quedó eliminada, y sin puntuar, en la primera fase. Rumanía dejó al equipo nacional fuera del mundial de 1990, pero las buenas actuaciones en el Bröndby, ya como centrocampista ofensivo, lo catapultaron a disputar más partidos con la selección. Actuó en los ocho de la fase de clasificación para la Eurocopa, de la que quedó fuera ya que Yugoslavia había sumado más puntos. Pero todo cambió cuando estalló el conflicto de los Balcanes y la UEFA dejó a los yugoslavos fuera del torneo. El segundo del grupo, Dinamarca, ocuparía su lugar.

Como ocurrió con muchos de sus compañeros, Vilfort estuvo disputando con el Bröndby partidos hasta dos días antes del torneo. El seleccionador, Richard Möller-Nielsen, lo convocó para el campeonato. Pero el centrocampista tenía en la cabeza un problema mucho más importante que el de jugar la Eurocopa: el estado de salud de Line, su hija de siete años. Le habían diagnosticado leucemia y estaba ingresada en un hospital. Su padre se debatía entre ir al torneo o estar a su lado, pero encontró un aliado: la proximidad de la sede del campeonato.

Porque Dinamarca jugó los partidos de la primera fase a caballo entre Malmö, muy próxima a Copenhague, y la relativamente cercana Estocolmo. Además, pareció que el estado de salud de la niña era mejor aquellos primeros días de junio. Vilfort disputó los dos primeros duelos, un empate contra Inglaterra y una derrota ante Suecia. Viendo que era improbable la clasificación, Möller-Nielsen lo liberó del tercer partido para que estuviera al lado de la hija. Cuando dejó la concentración, Vilfort dijo a los compañeros que volvería para la final.

Y Dinamarca dio la sorpresa. A veinte minutos de la habitación de hospital de la niña, Lars Elstrup anotó un gol histórico contra Francia que clasificó a la selección para las semifinales de manera totalmente inesperada. Viendo que había opciones, Vilfort viajó a Gotemburgo para jugar las semifinales contra los Países Bajos y la selección volvió a dar la campanada con dos goles de Henrik Larsen, el jugador que le había sustituido ante los franceses, que ya había marcado en el duelo anterior y que se había mantenido en el equipo. Dinamarca venció por penaltis en una tanda en la que él disparó el cuarto de su conjunto. Luego, volvió a Copenhague pensando que no disputaría la final.

Pero en los cuatro días entre un partido y otro, la pequeña Line le convenció para que volviera y ganara el partido por ella. Finalmente, hizo de tripas corazón y volvió a Gotemburgo. Ni que decir tiene que fue titular para afrontar el partido más importante de su vida.


El gol

Y las cosas no pudieron empezar mejor. Dinamarca se adelantó a los 19 minutos con un gran disparo de John Faxe Jensen. El panorama era perfecto, con ventaja y posibilidad de defender y contraatacar. Los alemanes asediaron la portería de un gran Schmeichel, seguro en el juego aéreo y prodigioso en una parada en un cabezazo de Klinsmann. Faltaban doce minutos, y el empate no sólo no llegó, sino que la que lo hizo fue la sentencia.


Brian Laudrup provocó una falta de Brehme a unos metros del área de Illgner. Poulsen la estrelló en la barrera y los alemanes rechazaron. El lateral Claus Christiansen, que había entrado diez minutos antes en el lugar del lesionado Sivebaek, ganó el salto al pequeño Thomas Hässler y, con la defensa teutona saliendo, el esférico cayó a Vilfort. Éste, con una gran sangre fría, encaró el área, recortó a Brehme y a Helmer, y soltó un disparo no muy fuerte, pero sí colocadísimo con la pierna izquierda que pegó en el palo antes de entrar en la portería . Era la sentencia definitiva, la gran sorpresa del torneo y el mayor éxito de casi todos los jugadores de aquel equipo.

En las siguientes temporadas, Vilfort siguió ganando ligas con el Bröndby y yendo a la selección. No se clasificó para el mundial de Estados Unidos, pero sí para la Eurocopa de Inglaterra, en 1996, en la que actuó en dos partidos como despedida de la camiseta roja, ya con 33 años. En 2014 fue elegido el mejor jugador del siglo de la liga de su país y es respetado y querido por su fuerza de voluntad. Pero seguro que cambiaría todos estos logros por evitar lo que pasó sólo diez días después de marcar el gol contra Alemania en la final, la muerte de la pequeña Line, que aún llegó a tiempo de celebrar el gran momento de su padre.